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No es lo que comes, es desde dónde lo comes.

  • Mariana Ríos
  • hace 6 días
  • 3 Min. de lectura

Muchas veces pensamos que el problema en nuestra alimentación está en el qué.


Que si el pan.

Que si el azúcar.

Que si “eso que no debería comer”.


Y entonces intentamos cambiar quitando cosas, controlando porciones o empezando otra vez “desde cero”.


Pero hay algo que casi nadie nos explica:


El problema no siempre es

lo que comes…sino

desde dónde lo estás comiendo.


El mismo alimento, experiencias completamente distintas.


Imagina esto: Te comes un pan, pero no es lo mismo cuando lo haces…


  • Desde la culpa

  • Desde la ansiedad

  • Desde el hambre real

  • Desde el disfrute


El pan es exactamente el mismo, pero lo que cambia por completo es la experiencia dentro de ti. Porque no solo comes con la boca, también comes con la mente y con las emociones.


Cuando el cuerpo habla bajito y la mente grita fuerte.


Hay algo muy importante que pasa casi sin darnos cuenta: El cuerpo manda señales todo el tiempo. Ya sea en forma de hambre, saciedad, antojos, cansancio, etc. Pero muchas personas han aprendido a ignorarlas.


¿Por qué? Porque encima de esas señales hay pensamientos como:“Esto no debería comerlo", “Ya comí mucho”, “Mañana lo compenso”, “No tengo fuerza de voluntad”. Y entonces pasa algo muy curioso, pero muy común:


Es como si el cuerpo hablara bajito…

pero la mente gritara muy fuerte.


Y cuando la mente grita, dejamos de escuchar lo que el cuerpo necesita.


Hambre física vs hambre emocional.


Aquí no se trata de decir que una es “buena” y la otra “mala”. Las dos existen. Las dos son humanas. Pero entenderlas cambia todo.


La hambre física:

  • Aparece poco a poco.

  • La puedes sentir en el cuerpo (vacío, energía baja).

  • Se calma al comer.


La hambre emocional:

  • Aparece de repente.

  • Busca algo específico (generalmente algo reconfortante).

  • No siempre se calma aunque comas.


Y aquí viene algo importante:


Comer por emoción no es un error.

Es una forma que el cuerpo encontró

para regular algo que se siente difícil.


El problema no es que exista… es cuando se vuelve la única forma de manejar lo que sentimos.


Comer para calmar vs comer para nutrir.


A veces comemos porque tenemos hambre. Otras veces comemos porque estamos: cansados, aburridos, tristes, ansiosos. Y ambas cosas son parte de la vida.


Pero cuando no nos damos cuenta desde dónde estamos comiendo, se vuelve confuso. Porque creemos que el problema fue el alimento… cuando en realidad había una emoción que necesitaba atención.


No se trata de dejar de comer en esos momentos. Se trata de empezar a notar:


¿Esto que siento se calma

con comida… o necesita algo más?


¿Por qué prohibir alimentos suele empeorar todo?


Cuando etiquetas alimentos como “prohibidos”, pasan dos cosas:


  1. Piensas más en ellos.

  2. Cuando los comes, aparece la culpa.


Y esa culpa no se queda sola.


Muchas veces lleva a pensamientos como: “Ya arruiné todo”, “Empiezo otra vez el lunes”, “Me descontrolé”. Y así se crea un ciclo:


Restricción → antojo → culpa → más restricción


No porque te falte disciplina. Sino porque el cuerpo no está diseñado para vivir en prohibición constante.


Entonces… ¿Qué sí ayuda?


Aquí no se trata de hacerlo perfecto. Ni de dejar de comer por emoción. Ni de controlar todo lo que sientes. Se trata de algo mucho más sencillo… y al mismo tiempo más profundo:


Empezar a observar.

Observar sin juzgar.


Tal vez la próxima vez que comas algo, puedas hacer una pequeña pausa y preguntarte:


  • ¿Tengo hambre física?

  • ¿Estoy buscando sentirme mejor?

  • ¿Qué está pasando dentro de mí en este momento?


No para corregirte. No para cambiarlo de inmediato. Solo para entenderte.


Una idea para quedarte.


Antes de cambiar lo que comes empieza por notar qué estás sintiendo cuando comes. Porque cuando entiendes desde dónde comes las decisiones empiezan a cambiar de forma mucho más natural.


No desde la culpa. No desde el control. Sino desde un lugar mucho más amable contigo. Y desde ahí… la relación con la comida empieza a transformarse de verdad.


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